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R A S A B A D Ú

sábado, agosto 23, 2014:





Mamá había muerto —dice Onelia entrando en la sala, donde nosotros, desesperados, aguardábamos nuestro turno de atender a la enferma. Ha muerto, repite ahora con voz remota y lenta. Todos la miramos asombrados, sin poder aún concebir tal hecho, con un estupor silencioso y reciente.

    Lentamente, en fila, nos encaminamos a la gran habitación donde está ella tendida, boca arriba; el largo cuerpo cubierto hasta el cuello por el monumental sobrecama que todos nosotros, bajo sus indicaciones precisas y su mirada orientadora, tejimos y le ofrecimos entusiasmados en su último cumpleaños... Está ahí, rígida, por primera vez inmóvil, sin mirarnos, sin hacernos la menor señal. Tiesa y pálida. Despacio nos acercamos los cuatro hasta la cama y nos quedamos de pie, contemplándola. Ofelia se inclina hasta su rostro. Odilia y Otilia, de rodillas, abrazan sus pies. Finalmente, Onelia, llegando hasta la ventana, se abandona al delirio. Yo me acerco aún más para contemplar su rostro absolutamente petrificado, sus labios apretados y extendidos; voy a pasar la mano por su cara, pero temo que su nariz, de tan afilada, me hiera... Mamá, mamá, gritan ahora Otilia, Odilia, Onelia y Ofelia. Entre alaridos y sollozos giran incesantes a su alrededor a la vez que se golpean el pecho, la cara, se tiran de los cabellos, se persignan, se arrodillan vertiginosamente sin detener la ronda a la cual yo, sin poder contenerme, también aullando y flagelándome, me incorporo.
    Plenamente desesperados pasamos la tarde y la noche gimiendo alrededor de mamá. Y ahora, que ya amanece, que ya es de mañana, continuamos con nuestros estertores. A cada vuelta que le doy contemplo su rostro y me parece aún más largo y extraño. Así, cuando llega nuevamente la noche (y no hemos cesado de girar, lamentándonos), casi no la reconozco. Algo como una mueca aterrorizada, adolorida y terrible (horrible) se ha ido apoderando de toda su cara. Miro a mis hermanas. Pero todas, imperturbables, continúan llorando y dando vueltas junto al cadáver, sin haber percibido el cambio y sin señales de cansancio.
    Mamá, mamá, repiten infatigables, poseídas, como en otro mundo. Yo, mientras giro detrás de ellas —y anochece nuevamente— miro ahora para el rostro ennegrecido... Mamá en el deshoje del maíz, ordenando los distintos trabajos, inundando la noche con el olor del café, repartiendo turrones de coco, prometiéndonos para mañana un viaje al pueblo: ¿es esto ahora? Mamá abrigándonos antes de apagar el quinqué, orinando de pie bajo la arboleda, en pleno aguacero entrando a caballo con un racimo de plátanos recién cortados, ¿es esto? Mamá desde el corredor, alta y almidonada, olorosa a yerbas, llamándonos para comer, ¿es esto? Mamá congregándonos para anunciarnos la llegada de la navidad, ¿esto? Mamá cortando el lechón, repartiendo las carnes, el vino, los dulces... ¿esto? Mamá haciendo desde la cumbrera, la exclusa (todos mirando embelesados) y ya desplegando ante nosotros nueces, alicantes, yemas, dátiles... ¿es esto? ¿Es ella eso que ahí, sobre la cama, en el centro —y ya amanece de nuevo— comienza a inflamarse, lanzando un vaho insoportable?
    Y mientras sigo girando junto a ella, pienso que es hora ya de que resolvamos enterrarla. Salgo del círculo y recostándome a la ventana cerrada, le hago una señal a mis hermanas.
    Ellas, sin dejar de gemir, me rodean. "tienes que sentirte", me dice Ofelia. "pero hay que seguir adelante. No puedes dejar que el dolor te domine, ella no te perdonará esa debilidad..." "Vamos", me dice Odilia, tomándome una mano, "ven con nosotras". Otilia me toma la mano: "Ahora más que nunca tenemos que estar juntos con ella." Y ya estoy de nuevo en el círculo, gimiendo, golpeándome, con ellas, el pecho con las dos manos, y tapándome de vez en cuando la nariz... Así continuamos (y oscurece de nuevo); ellas, imperturbables, se detienen de tarde en tarde para posar sus labios sobre el rostro desfigurado de mamá, tomarle una de sus manos inflamadas o arreglarle el cabello, estirarle aún más el vestido, pulirle los zapatos y volverla a cubrir con el sobrecama monumental sobre la cual, ya incesante, planea un enjambre de moscas.
    Aprovechando precisamente la ceremonia del acicalamiento de mamá, me detengo junto a mis hermanas que, ensimismadas, otra vez la peinan, le atan el cordón de un zapato que la hinchazón había desabrochado, tratan de abotonarle la blusa que el pecho, ahora gigantesco, desabotona. Creo, les digo con voz baja mientras me inclino, que ya es hora de enterrarla.
    —¡Enterrar a mamá! —me grita Ofelia, mientras Otilia, Odilia y Onelia me miran también indignadas—. Pero como es posible que hayas podido concebir semejante atrocidad? ¡Enterrar a su madre!
    Las cuatro me miraban con tal furia que por momentos temo que se me abalancen. 
—¡Ahora que está más cerca que nunca de nosotras. Ahora que podemos permanecer día y noche junto a ella! ¡Ahora que está más bella que nunca!
   —Pero ¿es que no sienten esa peste?, y esas moscas... —¡Cállate, maldito! —me dice ahora Onelia, acercándose, escoltada por Otilia y Odilia. —¿Peste? —dice Ofelia—.¿Cómo puedes decir que mamá, nuestra madre, apesta? —¡Qué cosa es la peste?— me interroga Ofelia—. ¿Sabes tú acaso qué cosa es la peste? No respondo.
   —Ven—grita nuevamente Ofelia—: no es más que un traidor. Ella, a quien se lo debemos todo. Gracias a la cual existimos. ¡Criminal! —Nunca olió tan bien como ahora—dice Onelia, aspirando profundamente. —¡Qué perfume, qué perfume!—Odilia y Otilia, extasiadas—. Es maravilloso. Todas aspiran profundamente mientras me miran amenazantes.
    Me acerco al cuerpo de mamá, alejo, por un momento, al entusiasmado enjambre de moscas que zumban furiosas, y aspiro también profundamente.
    El enjambre de moscas que cierne ahora sobre la boca de mamá. Boca que al cabo de una semana de muerta se abre ya desmesuradamente, al igual que sus ojos y las ventanas de su nariz, que sueltan un líquido gris. La lengua, que también ha adquirido proporciones descomunales, se asoma detenida por entre esa boca. —las moscas, caprichosamente han alzado el vuelo—. La frente y el cuello también se han inflamado considerablemente, de manera que el pelo parece encabritarse sobre ese territorio tenso que sigue expandiéndose.
    Odila la contempla. —¡Qué hermosa! —Sí —digo Todos, mientras la rodeamos, comenzamos a admirarla.
    Ha estallado. Su cara había seguido creciendo hasta ser una maravillosa bola, y ha reventado. Su vientre, que de tan alto hacía que el cubrecama rodase constantemente, también se ha abierto. Todo el pus acumulado en su cuerpo nos inunda, embragándonos. El excremento retenido también salta a borbotones. Los cinco respiramos extasiados. Cogidos de la mano giramos nuevamente a su alrededor y vemos cómo hilillos de humor y pus brotan de su nariz desmesurada, de la boca que se ha rajado en dos mitades. Y ahora el vientre, que al abrirse se ha convertido en un charco oscuro que no cesa de bullir, lanza también un vaho delicioso.
    Fascinados, nos acercamos todos para contemplar el espectáculo de mamá. La tripas, que siguen reventando, provocan una incesante pululación, el excremento, bañando sus piernas, que ahora también se estremecen por sucesivos estallidos, se mezcla con el perfume que exhala el líquido negruzco, anaranjado, verde, que sale a raudales por toda su piel. Sus pies, convertidos también en esferas tersas, revientan, bañando nuestros labios que ávidamente los besaban. Mamá, mamá, gritábamos girando a su alrededor, embriagados por las emanaciones que brotaban de su cuerpo en plena ebullición.
    En medio de esta apoteosis, Ofelia, resplandeciente, se detiene. Contempla por unos instantes a mamá. Sale de la habitación y ya regresa, empuñando el enorme cuchillo de mesa que solo mamá sabia (y podía) manipular. "Ya sé", nos dice deteniendo nuestra ceremonia. "Ya sé." Finalmente pude descifrar su mensaje... "Mamá", dice ahora dándonos la espalda y avanzando. Odilia, Otilia y Onelia también se acercan y caen de rodillas junto a la cama, gimiendo muy bajo. Yo, de pie, me quedo junto a la ventana. Ofelia termina su discurso y avanza hasta quedar junto a mamá. Empuñando con las dos manos el enorme cuchillo, se lo entierra hasta el cabo del vientre, y cae, entre un torbellino de contracciones y pataleos, sobre el inmenso charco pululante que es ahora mamá. Los gemidos de Otilia, Odilia y Onelia se alzan rítmicamente hasta hacerse intolerables (para mí, que soy el único que los escucho).
    El maravilloso olor de los cuerpos podridos de mamá y Ofelia nos embriaga. Relucientes gusanos se agitan sobre ambas, por lo que constantemente permanecemos a su alrededor para ver los cambios que van disfrutando. Veo cómo el cuerpo de Ofelia, ya completamente carcomido, se confunde con el de mamá, formando una sola masa purulenta y oscura que perfuma todo el ambiente. También veo las miradas codiciosas que Odilia y Otilia le dirigen al promontorio. Algunas cucarachas se pasean por los huecos de ambos cadáveres. Ahora mismo, un ratón, tirando con fuerza del promontorio maravilloso ha cargado con un pedazo (¿De mamá? ¿De Ofelia?). Como alteradas por el mismo aviso, por una misma orden, Otilia y Odilia se lanzan sobre los restos, se apoderan —las dos al mismo tiempo— del cuchillo de mesa. Encima de mamá y Ofelia se desata una breve pero violenta batalla que espanta a los hermosísimos ratones y hace que las cucarachas se refugien en la parte más intricada del promontorio. Con un rápido tirón Odilia se apodera totalmente del cuchillo y con ambas manos comienza a introducírselo en el pecho.
 
   Pero Orilia, liberada, le arrebata violentamente en arma "Desgraciada", le grita Odilia, poniéndose de pie sobre el promontorio, "así que querías irte con ella antes que yo... Le demostraré que le soy mucho más fiel que todos ustedes". Antes de que Odilia pueda impedírselo, se hunde el cuchillo en el pecho, cayendo sobre el promontorio. Pero Odilia, encolerizada, saca el arma del pecho de Otilia "Egoísta, siempre fuiste una egoísta", increpa a la moribunda y se entierra el cuchillo en el corazón, muriendo (o fingiendo que ha muerto), primero que Otilia, quien aún patalea. Finalmente, las dos, unidas en un furioso abrazo de muerte, quedan exánimes sobre el promontorio.
    El perfume de los cuerpos de mamá, Ofelia, Odilia y Otilia se ha apoderado de toda la región que ahora es un páramo encantador, pues los asquerosos pájaros, las sucias mariposas, las hediondas flores, las pestíferas yerbas y demás arbustos, junto con los inmundos árboles, han desaparecido, se han marchitado, se han ido avergonzados o han muerto, debido —con razón— a su inferioridad. Toda es inutilidad endeble y efímera, todo ese horror. Todo ese paisaje inútil, indolente, criminal, ha sido derrotado. Y la región es una espléndida explanada recorrida por un rumor extraordinario: el incesante ir y venir de cucarachas y ratones, el trajinar de los gusanos, el zumbido infatigable de los luminosos enjambres de moscas. Al compás de esa música única, bajo el influjo de ese maravilloso perfume, Onelia y yo seguimos girando alrededor del gran promontorio, y cuando (raramente) levantamos la cabeza es para contemplar la llegada, el homenaje indetenible, voluntario, de las extraordinarias criaturas: ratas, ratones y más ratones, regias cucarachas de tamaño descomunal, lombrices de veloces y esplendentes figuras. Hemos abierto todas las puertas para que puedan entrar sin dificultad. Y siguen arribando. En grupos. En inmensos escuadrones. En acompasado y magnifico estrépito se agolpan ceremoniosas junto a nuestros pies, y continúan hasta el enorme cúmulo sobre el que se abaten, configurando una montaña en perpetuo frenesí. Sólida nube que se ensancha, se eleva, se explaya. Siempre en perenne movimiento, en cambiante, rítmico, inquieto, sordo y único delirio. La gran apoteosis. En homenaje a mamá. Por y para mamá. Y ella en el centro, divina, recibiendo el homenaje. Aguardando por nosotros.
    Y hacia ti vamos, Onelia y yo, aún con energía suficiente (sin duda por ti, insuflada) para llegarnos hasta tu promontorio y, dichosos, ofrecernos. Con gran dificultad, Onelia logra abrirse paso por entre las maravillosas criaturas. Apartando ratas y ratones ensimismados en roer, provocando remolinos de moscas y cucarachas que inmediatamente se posan sobre el sitio, hundiendo las manos en la fuente tumultuosa que forman los gusanos, logra recuperar el cuchillo de mesa, me mira, temerosa de que pueda arrebatárselo. Emite un pequeño alarido jubiloso y, sin mayores tramites, se desploma sobre el gran tumulto. Las nobles cucarachas, las bellísimas ratas, los perfumados y regios gusanos, encabritándose, replegándose con giros magníficos la cubren al instante.

    Ha llegado el gran momento. El gran momento en que debo unirme a mamá. ¿Debo? ¿dije debo? Quiero, quiero, ésa es la palabra. Finalmente puedo, hundiéndome en el torbellino de las alimañas... ¿Alimañas? ¿cómo puede haber salido de mi boca tal palabra? Mi madre, ¿mi adorada madre, eso que ahí se mueve, puede llamarse acaso alimañas? ¿pueden ser alimañas esas criaturas maravillosas que me aguardan y a las cuales debo entregarme? Pero ¿otra vez dije debo? Cómo puedo ser tan miserable, cómo puedo olvidar que no se trata de un deber, sino de un honor, un acto voluntario, de un goce, de un privilegio. Con el enorme cuchillo entre las manos doy una vuelta alrededor del tumulto que se repliega, expande y estremece tironeado por todas las alimañas... pero cómo, ¿otra vez he dicho alimaña? ¿y no me arranco la lengua? Sin duda, la felicidad que me embriaga al saber que pronto formaré parte del perfumado promontorio me hace decir sandeces. Rápido, debo (¿debo?) apurarme. Un minuto más es una prueba de cobardía. Todas mis hermanas ya están ahí, junto a mamá, formando un solo conjunto maravilloso. Y tú, cobarde, sigues dándole vuelta al tumulto, con el cuchillo de mesa entre las manos, sin, de un valiente golpe, enterrártelo en el pecho. ¿Qué esperas?
    Me detengo junto a las sacrificadas. Pero ¿Cómo es posible llamarlas sacrificadas? Me detengo, finalmente, junto al promontorio que forman mis dulces, hermosas y abnegadas hermanas inmoladas... Pero ¿Qué es eso de inmoladas, miserable? Me detengo frente al túmulto de mis cuatro hermanas consagradas. Con todas mis fuerzas aprieto el cuchillo, lo levanto contra mi pecho. Empujo. Pero no entra. Sin duda, tantas semanas girando alrededor del tumulto, sin comer, me han privado de todas las fuerzas. Pero debo ignorarlo. Debo continuar. Debo terminar de una vez... Llego hasta la sala, invadida también por el perfume de mamá y mis hermanas. Abro la puerta del corredor que el viento había cerrado. Coloco el cuchillo entre el marco y la puerta que ahora entrecierro de manera que el arma quede perfectamente firme y vertical, para poder lanzarme contra ella y que por sí misma se introduzca en mi cuerpo. Tal como una vez ví hacerlo a un personaje, en una película que fui a ver al pueblo, sin que mamá se enterara... Recuerdo que era así: el personaje ponía el cuchillo entre el marco y la puerta. La cerraba, y se abalanzaba, suicidándose. Sin dejar (naturalmente) huella alguna en el arma... ¿Cómo se llamaba esa película? ¿Y sobre todo ella, la actriz? ¿aquella mujer tan hermosa a quien se le achacaba el crimen? ¿era su esposa? pero ¿cómo es posible que piense en esas tonterías, cuando ahí, en la habitación, está mamá aguardándome? Esperando, esperándome, junto con todas mis hermanas. Ya es hora... ¡Ingrid Bergman! ¡Ingrid Bergman! Pero ¿qué palabras son esas, maldito? Abro la puerta y el cuchillo cae al suelo. Más allá del inmenso arenal que antes era el patio y el potrero —la finca entera— se ven, en remota lejanía, las siluetas de algunos árboles y el cielo. Por un momento me vuelvo. Escucho el furioso trajín de todas las alimañas que roen ahí dentro. Me acerco y contemplo el espectáculo... ¡Ingrid Bergman! ¡Ingrid Bergman!, grito más alto, opacando el estruendo de las ratas y demás bestias. Ingrid Bergman, Ingrid Bergman, voy repitiendo mientras me lanzo al arenal, cruzo, cruzo ya el potrero, la inmensa explanada, y llego hasta los primeros árboles... Me gusta la peste de estos árboles; me encanta la hediondez de la yerba en la cual me revuelco. ¡Ingrid Bergman! ¡Ingrid Bergman! Me fascina el olor putrefacto de las rosas. Soy un miserable. No puedo evitar que el campo abierto me contamine. ¡Ingrid Bergman! Me golpeo, me vuelvo a golpear. Pero sigo arrastrándome por el bosque, apoyándome en los troncos, aferrándome a las hojas, embriagándome con las fétidas emanaciones de los lirios... Llego hasta el mar, me despojo de todas mis ropas y, definitivamente cobarde, aspiro la brisa. Desnudo, me lanzo a las olas que, sin duda, han de oler muy mal. Sigo avanzando sobre la espuma que ha de ser pestífera. ¡Ingrid Bergman! ¡Ingrid Bergman! Y salto. Salto sobre la blanca, transparente —¿hedionda?— espuma... Soy un traidor. Decididamente soy un traidor. Feliz.

Édgar Omar Avilés // 8/23/2014 10:41:00 p. m.
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jueves, agosto 21, 2014:

"El dinero es un estiércol estupendo como abono, lo malo es que muchos lo toman por la cosecha."
-Joseph Joubert


Édgar Omar Avilés // 8/21/2014 02:56:00 a. m.

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sábado, agosto 09, 2014:

(María Zambrano)

 Y parece imposible todo proseguirse ante la muerte, dentro de la muerte, en la muerte misma, sin morir. Impenetrable, absoluta, la muerte ha tomado posesión del que queda aquí de este lado, mas dejándole sin lugar, sin cabida en hueco alguno. Y así la pálida certeza de que aquél que se ha ido, sin dar señal desde su allá, vaya a ser en ese allá concebido nuevamente, arroja como su sombra a éste que aquí ha quedado que sea él, el inconcebible. La muerte, como todo lo inconcebible, hace así con el que la contempla. ¿Y cómo puede dejar de contemplarla el que ha perdido el uso de los sentidos que han ido a reunirse todos en la sordera ciega, refractaria a toda voz, al llanto mismo? Nada fluye. Todo está ahí, el todo amorfo de la acumulación del tiempo inconcebible a su vez.
   Pues que no puede concebirse lo que no puede ser soñado, reconducido a través de una galería de sueños entreverados de despertares, al sueño originario de la creación, aquél donde la vida fue despertada por la luz primera, sin ojos aún. Ya que antes de que las formas y las figuras aparezcan hay ojos que las aguardan. La oscuridad y la niebla se hacen ojos, derrotando a las tinieblas con eso sólo una y otra vez. Y cada vez es el comienzo, que anuncia al par vida y visión. Todo se irá concibiendo.
   En la tiniebla de la inconcebible muerte, los ojos no se dan a ver. Es el sol del día siguiente el que hace abrirse a los ojos, unos ojos que pueden mirarlo de frente, cara a cara, como alojo inconcebible de una visión sin aurora. Un sol que no alumbra, que despierta simplemente. El escudo de la muerte que da la señal de la vida.

Édgar Omar Avilés // 8/09/2014 01:55:00 p. m.
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jueves, junio 05, 2014:


Édgar Omar Avilés // 6/05/2014 09:07:00 a. m.
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jueves, mayo 15, 2014:

Hombres ocultos en su cadáver futuro.
-Alejandro Jodorowsky

Édgar Omar Avilés // 5/15/2014 07:57:00 a. m.

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miércoles, marzo 12, 2014:




(Ernesto Mejía Sánchez)


                                    Y aconteció después de esto, que teniendo
                                    Absalón hijo de David una hermana
                                    hermosa que se llamaba Thamar,
                                    enamoróse de ella Amnón hijo de David.

                                                                            
                                                                             2, Samuel, 13
 
I
  Mi hermana, dijo Amnón, está desnuda. Dijo que, por más que esté cubierta con espesa y blanca túnica de lana, de largos pliegues amplios, ella está siempre desnuda.

Esto decía Amnón hace mucho tiempo, antes de su desesperada fuga sin sentido que nos ha dejado muertos, especialmente a Thamar, mi deliciosa hermana gemela, que ahora está llorando, y a mí, que me parezco a ella casi en todo, y a mi madre, que dice que todo esto es un castigo del cielo.

Mi padre, una gran fuerza viva sobre la tierra, eternamente incólume, y lleno de la más sana alegría, también ha sufrido mucho con esto; pero, acaso para darnos valor o fe o una cosa parecida, suele decirnos con cierta ingenuidad, tal vez un poco objetable a sus años, que no ha pasado nada.

Comienzo con estas palabras de Amnón: Mi hermana está desnuda. Me parece que han tenido mucho significado. Se han grabado fuertemente en mi alma.

Amnón pronunció estas palabras en el comedor, hace tres años, aproximadamente. Las dijo como la cosa más natural del mundo. Es cierto que estaba como sin decirlas cuando las dijo. Pero es cierto que las dijo; yo no pude inventarlas.

Amnón era un buen muchacho, apasionado por las yeguas; tenía una soberbia, que le obsequió mi padre cuando cumplió quince años; y nunca faltaban en su lecho, a la orilla, saludables rosas rojas encendidas, que él mismo cortaba.

O yo, o mi hermana, porque nos complacía verlo olerlas con deleite, minutos antes de entregarse al sueño, ya envuelto en su frazada a cuadros.

Thamar tiene unos ojos grandes, casi negros, y cuando duerme con su hijita al lado, parece que afirmara que no hay nada más allá, después del sueño o de la vigilia; ella nunca lo ha dicho; es tan sólo una suposición.

Despierta, tiene seguridad en cada paso, y un gesto especial para cada palabra. Esto no es alabanza, digo la verdad siempre que puedo; y su pelo, es negro; ese sí que es negro, de un negro obstinadamente violento.

Amnón se había acostumbrado a los libros y a los doctores: su sabiduría y su salud hacían de él un tipo hermoso, casi perfecto: creo que con una mayor amplitud en su espíritu, hubiera sido profeta.

Thamar no reconocía límites para sus deseos: si ella quería una flor, debía ser la más hermosa flor. Alguien dijo que le pedía demasiado al mundo, que nunca se iba a conformar con poco, esto es, con lo bueno; que iba a ser feliz.

Esta actitud la empujaba a hacer todo lo mejor que podía. Si ella hilaba, hilaba lo mejor que podía; si sonreía, lo hacía de la mejor manera posible; por eso yo creía que tenía perfecto derecho a esperar que le aconteciera siempre lo mejor, y esto, yo lo juzgaba limpio.

Mi madre, pensaba dedicarla al templo; pero a ella, a Thamar, le gustaban demasiado las uvas maduras, y nunca ha consentido.

He dicho que también le gustan las rosas; mas ahora no se encuentran en este país las de su gusto. Cuando ella lo dice, corre los ojos grandes por toda la casa, y se entristece. Es posible que quiera decir algo más con esas mismas palabras.

Cuando iba al templo, éste se hacía pequeño para su cuerpo. No quiero decir con esto que nuestro templo sea en realidad pequeño, ni que la hermosura de Thamar sea tan abundante que llame locamente la atención, sino que el templo y Thamar no estaban precisamente de acuerdo.

Ella hubiera querido una gran extensión. El reino de este mundo, todo. (El mismo reino que yo decía estaba hecho para su boca.) Me daba la impresión de que ya lo tenía en los labios.

En nuestro templo se goza de mucha libertad, relativamente; pero ella necesitaba de más libertad aún.

Y Amnón estaba siempre discutiendo. Tenía una hermosa voz para eso. Opinábamos con toda confianza delante de mi padre.

Mi madre traía algo de comer, y agregaba algunas palabras. Ella ponía empeño en que fueran siempre razonables las que decía; empero tenían suficiente peso, sólo por el hecho de salir de sus labios.

Amnón, como un profeta joven, encendía su rostro. Algunas veces su espíritu se tornaba hierático. Su voz resonaba en los muros. Se apegaba a la letra con frecuencia. Una vez mi padre dijo que Amnón era muy joven, para que sus palabras no estuvieran en pugna con sus apetitos.

Sin embargo (y por eso), no creo que Amnón fuera a dejarse vencer por algo que él creyera malo. Sus apetitos y sus palabras estaban en pugna, es cierto, pero él, quizá, no lo sabía. Tal vez mi padre no le permitió todos los libros.

Yo pongo mi cabeza: Amnón es una persona decente. Hay que recordar que él dijo: Mi hermana está desnuda, de la manera más natural del mundo, y no quiso insinuar nada malo con eso.

Las palabras de Amnón, después de una de tantas y prolongadas discusiones en el comedor, fueron finales: Thamar, que casi nunca hablaba, se atrevió, con palabras oscuras, a objetar a Amnón, sobre un punto esencial.

No quiero entrar en detalles. Lo que Thamar decía, salía solamente de su corazón. Se lo estaba revelando la carne.

Amnón permanecía callado. No encontraba palabras que oponer al apasionado discurso de Thamar.

Era visible que ella había perdido algo. Algo más valioso que la túnica. Con unas cuantas palabras quebraba la más alta esperanza.

Había abierto los ojos más de lo necesario. Ya estaba viendo lo que no estaba viendo; esto es, veía lo que veía que no veía, más lo que no debía ver. Y eso, ya no estaba del todo bien.

Mi hermana está desnuda (o ciega o deslumbrada, fue lo que quiso decir, o lo que) dijo Amnón para de una vez terminar.

Pero en la noche, sus palabras ya lo estaban quemando; no podía dormir. El Maligno las martilló sobre su corazón y su cabeza: una blanca luna de carne se paseaba en sus ojos.


II

Mi padre entonces, era comerciante en especias. Algunas escobas estaban llenas de ellas. Recuerdo sus olores magníficos; pero sus nombres, por una desconocida razón, casi los he olvidado.

La casa es algo chica, y el aposento de los hijos fue común a Thamar (y a mi madre). No pudo ser entonces.

La verdad es que Thamar, y las especias fragantes, establecieron una armonía deslumbradora en nuestra casa. Por una parte, mi madre podía proveernos de alimentos más ricos a nuestro paladar; decía Amnón, que es el mayor, que algunos de esos alimentos eran nuevos para nuestros padres también.

Siempre hemos sido sobrios, y nuestra vida era por demás morigerada; mas la abundancia del vino hizo a mi padre decir cosas que, sin ella, estoy seguro no hubiera dicho delante de nosotros. Cosas que dice mi madre no se pueden decir ni sostener.

Nuestra pobreza anterior, nuestra falta de medios por mucho tiempo sufrida, nos hacía experimentar una felicidad particular en cada cosa que nuestra joven curiosidad inauguraba.

Hemos sufrido mucho: nuestro linaje cuenta con historias suficientemente lloradas para hoy recordarlas. Una vez mi padre fue echado del templo. Mi madre fue cautiva. Y Amnón tiene una marca de fuego en la espalda.

Por eso aquellos días, a pesar de que nos entregamos con delicia a ellos, parecían de mentira a nuestros ojos. Sentíamos que alguien nos bendecía, pero una corriente de llanto iba tras de nosotros, nos seguía los pasos.

Fueron días llenos de vida, de verdadera fragancia corporal; llamaría paradisíacos esos días, si no fuera pecado hacer tamaña comparación.

Se diría que éramos felices (¡se diría!), porque nuestra parcela fue aumentada en diez veces su tamaño, y la descendencia de nuestros animales fue prodigiosa en el primer solsticio; y por otras cosas más.

Thamar fue aquellos días la reina de nuestra alegría. Nos reíamos de nada, más de tres veces al día. Recorríamos la heredad tres veces por semana: la servidumbre nos proveía con abundancia para nuestro recorrido. Siempre íbamos los tres: los gemelos y Amnón. ¡No pudo ser entonces!

Thamar adquirió bajo el sol de junio una resistencia admirable, cortaba las manzanas elevadas de un salto, salvaba las acequias. Se tornó su rostro mejor que una ciruela.

Yo creía que, si la tierra fuera redonda, ella hubiera podido sostenerla en sus manos, como una manzana; pero creer esto era pecado, decía mi madre; así lo aseguraban los libros y los doctores respetables.

Sin embargo, mi corazón me decía que esto no era cierto, que Thamar poseía una fuerza maravillosa para hacerla redonda y sostenerla.

No puedo decir sin dolor que Thamar comenzó a preferir los regalos de Amnón ese verano; y las uvas que ella misma, y con cuidado, ponía en nuestros labios, fueron sólo para los de Amnón, desde entonces.

Pero ahí estaba el gemelo, ahí estaba Absalón, el hermano menor, sin saberlo y como que sabía, en guardia por su carne, siempre cerca. ¡No pudo ser entonces!

Nadie vaya a decir que en las piscinas, que en el huerto cerrado, que en el sombreado paseo de los álamos. ¡No pudo ser ahí!

Sin embargo el Maligno construyó un tiempo y un espacio especial para ellos. ¡Un instante y un sitio para confundirlos!

Amnón huyó en su yegua una mañana de abril. La noche anterior mi madre, en su aposento, lloró a lágrima viva con Thamar.

Y ahí estaba el gemelo, ahí estaba también Absalón sin explicarse y como queriendo proteger ahora una nueva carne todavía invisible, en medio de las lágrimas.

Mi padre, eternamente incólume, sospechándolo, y sin poder evitarlo, tomó vino, y dijo que la cosa no valía la pena. (¡Creo que para consolarnos!)

En la madrugada, Amnón, lo tengo presente, hizo un lío con sus cosas, me dio un beso en la frente, amargo sello, y me dijo: Voy a otros países. Toma esta moneda de plata. Traten de no recordar mi nombre.

Nuestra vida no podía seguir lo mismo. La corriente de llanto inundó nuestras plantas. Por eso no digamos: Somos felices. Porque cuando menos se piensa viene el Maligno a probar lo contrario.

Thamar pedía para su palidez uvas verdes y ciruelas y duraznos sin sazonar. En la casa circulaba como sangre un aire sordo: un niño lo iba a romper.
 
 

III
 
Thamar, en la primavera, parió una niña de una sola abuela. Estaba Thamar como toda madre orgullosa de ella. Mi madre la ocultó al vecindario. Mi padre la besaba todos los días, al amanecer. Le llevaba frutas, liebres, mariposas brillantes para regocijarla. La mostraba sin cuidado a las visitas.

Con sus risas parecía que iba a entrar en la casa una nueva alegría. Pero la ausencia de Amnón era muy dura. Acostumbrarse a no acostumbrarse a ella ha sido nuestro ejercicio diario. Ausencia más dura sin su nombre, porque Amnón es el innominado. ¡Amnón cuyo nombre no podemos mentar!

En los primeros días todos, aunque llorando, creíamos que iba a regresar. Su ausencia estaba mitigada por esta falsa esperanza. ¡Pero Amnón no regresa!

A la hora del beso o de la cena, al abrir el libro o al cerrarlo, Amnón está llamando a la puerta. Hacia allí cuando golpean, todos los ojos vivos de la casa se vuelven. ¡Pero Amnón no regresa! Entonces nos miramos: no podemos hablar.

Cuando llega la noche y hay que cerrar la puerta, estamos convencidos de que dejamos a alguien en la calle. ¡A alguien, cuyo nombre no podemos mentar! Veo, vemos las rosas rojas, las encendidas rosas, en su cuarto, marchitas. Su lecho denso y doloroso como un nido vacío. Todo lo que él iluminaba con su cuerpo o con su palabra ha quedado en la sombra.

Pero después, ahora, cuando un llanto de niño o unos primeros pasos confirman la falta de una fuerza primera, anterior a su sangre, la ausencia de Amnón nos hiere como un clavo.

Pero aquí estaba su hermano, Absalón, el gemelo, el que nada sabía, el que en su corazón confiaba demasiado: y Absalón dijo a su madre:

Madre mía, si Amnón, como cualquiera, nos ha abandonado, deja que el que le sigue cubra su falta ahora. Deja que la niña tenga en Absalón su padre y que Thamar no llore más y no esté sola.

Fueron palabras claras, pero mi madre, suficientemente escarmentada, tiñó su rostro en rojo más que encendido y dijo:

¡Maldigo la hora en que mis hijos se encarnaron en mi vientre! ¡Sean borrados los meses que los llevé en mi carne! ¡Leche de los demonios le di con estos pechos! ¿Por qué no los ahogué entre mis piernas en el momento de parirlos?

Apoyó sus gritos en todos los libros. Todavía oigo sus gritos, y estas palabras del Levítico salidas de su boca hace pocos momentos:

La desnudez de tu hermana, hija de tu padre o hija de tu madre, nacida en casa o nacida fuera, su desnudez no descubrirás.

Por otra parte, nunca creía que mis palabras, dichas con la mejor intención de mi corazón, produjeran tal efecto en mi madre. Pero lo que ni siquiera había sospechado era que mis palabras insinuaran semejante pecado.

Por eso, hemos llorado todos: Thamar todavía está llorando en su cuarto. ¡Mi deliciosa hermana está afeando su rostro!

Pero mi madre tenía razón, ella, da la casualidad, siempre tiene la razón: ¡y un poco más que eso!

Hasta entonces no comprendía el pecado de Amnón y la imprudencia de mis palabras. El amargo sello de mi hermano, sin darme cuenta, ya me estaba quemando. Mas mi madre, siempre previsora, con unas pocas palabras, me salvó de la muerte.

Ella que me dice: Hijo de mi corazón, no podía engañarme; y me lo ha dicho todo. Me lo ha explicado todo. Por eso, aquí lo escribo: Me arrepiento de ese anhelo maligno.

Hasta ahora conozco en su verdadero significado la fuga de mi hermano. Recordemos a Amnón: el hijo, de quien todo lo bueno podía perfectamente esperarse, como un demonio derramó su saliva.

El hijo bueno, el fuerte, el que decía: El Señor está conmigo siempre y me protege; ¡el mismo Amnón, mi hermano, el mismo Amnón, como un ángel caído!

Recordamos su voz, su voz maciza resonando en los cuartos. Su voz, ahora ausente, visible como un hueco, dolorosa como si a cada uno de nosotros nos la hubieran amputado. Porque, para decir verdad, la voz de Amnón era muy nuestra: cada uno de nosotros la reclamaba en los oídos como una cosa propia. ¡Su voz, donde nació su pecado! Su voz, que no regresa.

Porque Amnón ha puesto tierra, sangre, carne, y lo que es peor, carne contigua entre su planta y la nuestra.

Y Thamar, la mariposa que quemó sus alas en el fuego cercano, la que lo quiso todo, la que tenía el mundo en los labios y hubiera podido levantar la tierra con sus manos, Thamar está llorando en su cuarto. Su niña está jugando, su niña dice solamente: mamá.

Desde el cuarto vecino, con su llanto, Thamar me dice que escriba estas memorias; y Amnón, desde lejos, no sólo me lo dice, sino que me lo ruega.

Por eso he querido, aunque en desorden, hacer el fiel relato de los hechos. El que esto lea, sin duda, ya ha oído todo lo que ha dicho el vecindario y los amigos de la casa (aquellos que venían).

Y todo lo que dicen esos libros maledicentes (Yo fui la esclava de Thamar, lo que me dijo Amnón, etcétera) además de poemas y de tratados: gente que busca fama, gente que ha encontrado gozo en la desgracia ajena.

Se ha llegado a decir que Absalón vengó a Thamar, dando muerte a su hermano.

No por mí me duelen esas palabras. Sino porque he soñado que una noche Amnón vendrá (otra vez limpio y equilibrado como un ángel) a besar a su hijita, a vivir otra vez con nosotros; y no se podría realizar mi sueño si eso que dicen fuera cierto.

En la puerta dirá Amnón: El Señor me ha perdonado y otra vez me protege. Madre mía, dame un beso en la frente. Con su misma antigua voz, hasta ahora delgada y pequeña como un niño; y ya entrando en confianza: Buenas noches, papá, ¿cómo están los viñedos?

Thamar está peinando a la niña. Yo estoy cerca de Thamar. Amnón nos dice: Hermanos míos ¿quién llora, ahora, y por quién, y a qué hora? Y ha tomado a la niña en sus brazos; la besa, le dice: Hijita mía, te está besando tu padre.

Pero Thamar está llorando otra vez, está mi hermana afeando su rostro. Su hijita ya conoce la palabra: papá; se oyen sus risas mezcladas con el llanto. Así es el mundo: una confusa mezcla; nadie sabe la hora de reír, o llorar.


Édgar Omar Avilés // 3/12/2014 03:42:00 a. m.
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lunes, febrero 24, 2014:





CANTO DE GUERRA DE LAS COSAS
(Joaquín Pasos)

Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó alguna piedra.
Vuestros hijos amarán al viejo cobre,
al hierro fiel.
Recibiréis a los antiguos metales en el seno de
vuestras familias,
trataréis al noble plomo con la decencia que corresponde
a su carácter dulce;
os reconciliaréis con el zinc dándole un suave nombre;
con el bronce considerándolo como hermano del oro,
porque el oro no fue a la guerra por vosotros,
el oro se quedó, por vosotros, haciendo el papel del
niño mimado,
vestido de terciopelo, arropado, protegido por el resentido
acero…
Cuando lleguéis a viejos, respetaréis al oro,
si es que llegáis a viejos,
si es que entonces quedó algún oro.

El agua es la única eternidad de la sangre.
Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.
Su violento anhelo de viento y cielo,
hecho sangre.
Mañana dirán que la sangre se hizo polvo,
mañana estará seca la sangre.
Ni sudor, ni lágrimas, ni orina
podrán llenar el hueco del corazón vacío.
Mañana envidiarán la bomba hidráulica de un inodoro
palpitante,
la constancia viva de un grifo,
el grueso líquido.
El río se encargará de los riñones destrozados
y en medio del desierto los huesos en cruz pedirán en
vano que regrese el agua a los cuerpos de los hombres.

Dadme un motor más fuerte que un corazón de hombre.
Dadme un cerebro de máquina que pueda ser agujereado
sin dolor.
Dadme por fuera un cuerpo de metal y por dentro otro
cuerpo de metal

igual al del soldado de plomo que no muere,
que no te pide, Señor, la gracia de no ser humillado por
tus obras,
como el soldado de carne blanducha, nuestro débil
orgullo,
que por tu día ofrecerá la luz de sus ojos,
que por tu metal admitirá una bala en su pecho,
que por tu agua devolverá su sangre.
Y que quiere ser como un cuchillo al que no puede
herir otro cuchillo.

Esta cal de mi sangre incorporada a mi vida
será la cal de mi tumba incorporada a mi muerte,
porque aquí está el futuro envuelto en papel de estaño,
aquí está la ración humana en forma de pequeños
ataúdes,
y la ametralladora sigue ardiendo de deseos
y a través de los siglos sigue fiel el amor del cuchillo a
la carne.
Y luego, decid si no ha sido abundante la cosecha de
balas,
si los campos no están sembrados de bayonetas,
si no han reventado a su tiempo las granadas…
Decid si hay algún pozo, un hueco, un escondrijo
que no sea un fecundo nido de bombas robustas;
decid si este diluvio de fuego líquido
no es más hermoso y más terrible que el de Noé,
sin que haya un arca de acero que resista
ni un avión que regrese con la rama de olivo!

Vosotros, dominadores del cristal, he ahí vuestros
vidrios fundidos.
Vuestras casas de porcelana, vuestros trenes de mica,
vuestras lágrimas envueltas en celofán, vuestros
corazones de baquelita,
vuestros risibles y hediondos pies de hule,
todo se funde y corre al llamado de guerra de las cosas,
como se funde y se escapa con rencor el acero que ha
sostenido una estatua

.

Los marineros están un poco excitados. Algo les turba
su viaje.
Se asoman a la borda y escudriñan el agua,
se asoman a la torre y escudriñan el aire.
Pero no hay nada.
No hay peces, ni olas, ni estrellas, ni pájaros.
Señor Capitán, ¿a dónde vamos?
Lo sabremos más tarde.
Cuando hayamos llegado.

Los marineros quieren lanzar el ancla,
los marineros quieren saber qué pasa.
Pero no es nada. Están un poco excitados.
El agua del mar tiene un sabor más amargo,
el viento del mar es demasiado pesado.
Y no camina el barco. Se quedó quieto en medio del viaje.
Los marineros se preguntan ¿qué pasa? con las manos,
han perdido el habla.
No pasa nada. Están un poco excitados.
Nunca volverá a pasar nada. Nunca lanzarán el ancla.

No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los
juegos de la cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en
las de navegar.
Todos los signos llevaban su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasma de bandera para
ser pintada con colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que
flotaba el viento.
Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como
que si fuera viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y
besaba a cada hombre.
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora
de marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la
trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,
sobre el río de todos los puentes,

por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como
una niebla borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un
ejército de mendigos,
era un diluvio en el aire.
Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.

Con la opaca voz de un destrozado amor sin remedio,
con el hueco de un corazón fugitivo,
con la sombra del cuerpo,
con la sombra del alma, apenas sombra de vidrio,
con el espacio vacío de una mano sin dueño,
con los labios heridos,
con los párpados sin sueño,
con el pedazo de pecho donde está sembrado el musgo
del resentimiento
y el narciso,
con el hombro izquierdo,
con el hombro que carga las flores y el vino,
con las uñas que aún están adentro
y no han salido,
con el porvenir sin premio, con el pasado sin castigo,
con el aliento,
con el silbido,
con el último bocado de tiempo, con el último sorbo
de líquido,
con el último verso del último libro.
Y con lo que será ajeno. Y con lo que fue mío.

Somos la orquídea del acero,
florecimos en la trinchera como el moho sobre el filo
de la espada,
somos una vegetación de sangre.
Somos flores de carne que chorrean sangre,
somos la muerte recién podada
que florecerá muertes y más muertes hasta hacer un
inmenso jardín de muertes.

Como la enredadera púrpura de filosa raíz
que corta el corazón y se siembra en la fangosa sangre

y sube y baja según su peligrosa marea.
Así hemos inundado el pecho de los vivos,
somos la selva que avanza.

Somos la tierra presente. Vegetal y podrida.
Pantano corrompido que burbujea mariposas y arcoiris.
Donde tu cáscara se levanta están nuestros huesos
llorosos,
nuestro dolor brillante en carne viva,
oh santa y hedionda tierra nuestra,
humus humanos.

Desde mi gris sube mi ávida mirada,
mi ojo viejo y tardo, ya encanecido,
desde el fondo de un vértigo lamoso
sin negro y sin color completamente ciego.
Asciendo como topo hacia un aire
que huele mi vista,
el ojo de mi olfato, y el murciélago
todo hecho de sonido.
Aquí la piedra es piedra, pero ni el tacto sordo
puede imaginar si vamos o venimos,
pero venimos, sí, desde mi fondo espeso,
pero vamos, ya lo sentimos, en los dedos podridos
y en esta cruel mudez que quiere cantar.

Como un súbito amanecer que la sangre dibuja
irrumpe el violento deseo de sufrir,
y luego el llanto fluyendo como la uña de la carne
y el rabioso corazón ladrando en la puerta.
Y en la puerta un cubo que se palpa
y un camino verde bajo los pies hasta el pozo,
hasta más hondo aún, hasta el agua,
y en el agua una palabra samaritana
hasta más hondo aún, hasta el beso.

Del mar opaco que me empuja
llevo en mi sangre el hueco de su ola,
el hueco de su huida,
un precipicio de sal aposentada.
Si algo traigo para decir, dispensadme,

en el bello camino lo he olvidado.
Por un descuido me comí la espuma,
perdonadme, que vengo enamorado.
Detrás de ti quedan ahora cosas despreocupadas, dulces.
Pájaros muertos, árboles sin riego.
Una hiedra marchita. Un olor de recuerdo.
No hay nada exacto, no hay nada malo ni bueno,
y parece que la vida se ha marchado hacia el país del
trueno.
Tú, que viste en un jarrón de flores el golpe de esta fuerza,
tú, la invitada al viento en fiesta,
tú, la dueña de una cotorra y un coche de ágiles ruedas,
tú que miraste a un caballo del tivovivo sobre la verja
y quedar sobre la grama como esperando que lo montasen
los niños de la escuela,
asiste ahora, con ojos pálidos, a esta naturaleza muerta.

Los frutos no maduran en este aire dormido
sino lentamente, de tal suerte que parecen marchitos,
y hasta los insectos se equivocan en esta primavera
sonámbula sin sentido.
La naturaleza tiene ausente a su marido.
No tienen ni fuerzas suficiente para morir las semillas
del cultivo
y su muerte se oye como el hilito de sangre que sale de
la boca del hombre herido.
Rosas solteronas, flores que parecen usadas en la fiesta
del olvido,
débil olor de tumbas, de hierbas que mueren sobre
mármoles inscritos.
Ni un solo grito. Ni siquiera la voz de un pájaro o de
un niño
o el ruido de un bravo asesino con su cuchillo.

¡Qué dieras hoy por tener manchado de sangre el vestido!
¡Qué dieras por encontrar habitado algún nido!
¡Qué dieras porque sembraran en tu carne un hijo!

Por fin. Señor de los Ejércitos, he aquí el dolor supremo.
He aquí, sin lástimas, sin subterfugios, sin versos,
el dolor verdadero.

Por fin, Señor, he aquí frente a nosotros el dolor
parado en seco.

No es un dolor por los heridos ni por los muertos,
ni por la sangre derramada ni por la tierra llena de lamentos,
ni por las ciudades vacías de casas ni por los campos
llenos de huérfanos.
Es el dolor entero.

No pueden haber lágrimas ni duelo,
ni palabras ni recuerdos,
pues nada cabe ya dentro del pecho.
Todos los ruidos del mundo forman un gran silencio.
Todos los hombres del mundo forman un solo espectro.
En medio de este dolor, ¡soldado!, queda tu puesto
vacío o lleno.
Las vidas de los que quedan están con huecos,
tienen vacíos completos,
como si se hubieran sacado bocados de carne de sus
cuerpos.
Asómate a este boquete, a éste que tengo en el pecho,
para ver cielos e infiernos.
Mira mi cabeza hendida por millares de agujeros:
a través brilla un sol blanco, a través un astro negro.
Toca mi mano, esta mano que ayer sostuvo un acero:
puedes pasar, en el aire, a través de ella, tus dedos!
He aquí la ausencia del hombre, fuga de carne, de miedo,
días, cosas, almas, fuego.
Todo se quedó en el tiempo. Todo se quemó allá lejos

  

Édgar Omar Avilés // 2/24/2014 08:23:00 p. m.

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66 --- 65 --- 64 --- 63 --- 62 --- 61
60 --- 59 --- 58 --- 57 --- 56 --- 55
54 --- 53 --- 52 --- 51 --- 50 --- 49
48 --- 47 --- 46 --- 45 --- 44 --- 43
42 --- 41 --- 40 --- 39 --- 38 --- 37
36 --- 35 --- 34 --- 33 --- 32 --- 31
30 --- 29 --- 28 --- 27 --- 26 --- 25
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18 --- 17 --- 16 --- 15 --- 14 --- 13
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No respiramos: Inflamos fantasmas, Ed. Posdata /Conaculta, 2014.

La VALÍStica de la Realidad, Ed. Secretaría de Cultura de Michoacán, noviembre 2012. (Premio Michoacán de Ensayo "María Zambrano" 2012)

Cabalgata en Duermevela, Ed. Tierra Adentro, 2011. (Premio Nacional de Libro de Cuento Joven "Comala" 2011)

Luna Cinema, Ed. Tierra Adentro, 2010. (Premio Nacional de Libro de Cuento "San Luis Potosí" 2008)

Embrujadero, Ed. Secretaría de Cultura de Michoacán, 2010. (Premio Michoacán de Libro de Cuento "Xavier Vargas Pardo" 2010)

GUIICHI, Ed. Progreso, Mayo 2008, novela corta (Recomendado como lectura por IBBY-México en 2010.)

RESEÑAS: javascript:void(0)
Disponible en librerías:
La Noche es luz de un Sol Negro, Ed. Ficticia, Septiembre 2007 (Mención honorífica el Premio Nacional de Libro de Cuento "Agustín Yáñez" 2004).

RESEÑAS:
Disponible en librerías:
EDUCAL

(Morelia, Michoacán, México, 1980). Maestro en Filosofía de la Cultura (UMSNH), licenciado en Comunicación (UAM-X), y diplomado en la Escuela de Escritores (SOGEM).
Autor de cuatro libros de cuentos: Cabalgata en Duermevela (Ed. Tierra Adentro, 2011. Premio Nacional de libro de cuento Joven "Comala" 2011), Luna Cinema (Ed. Tierra Adentro, 2010. Premio Nacional de Libro de Cuento de Bellas Artes "San Luís Potosí" 2008), Embrujadero (Ed. Secretaría Michoacana de Cultura, 2010. Premio Michoacán de Libro de Cuento "Xavier Vargas Pardo" 2010) y de La Noche es Luz de un Sol Negro (Ed. Ficticia, 2007. Mención de honorífica en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez 2004, de una novela: Guiichi (Editorial Progreso, 2008) y de un libro de ensayo "La VALÍStica de la realidad (abordaje de lo real en la novela VALIS, de Philip K. Dick (Ed. Secretaría Michoacana de Cultura, 2012. Premio Michoacán de Ensayo "María Zambrano" 2012).
También ha ganado los premios de cuento "Magdalena Mondragón" 2006, Premio Binacional de Cuento México–Québec 2003, premio de Cuento Breve de la Revista Punto de Partida 2002, entre otros. Está seleccionado en una veintena de antologías, entre ellas en las ediciones 2004 y 2005 de Los Mejores Cuento Mexicanos (Editorial Joaquín Mortiz). Becario de Jóvenes Creadores del FONCA 2009-2010 (en cuento), y 2011-2011 (en novela). Premio al Mérito Artístico Juvenil de Morelia 2007 y de Michoacán 2009. Premio a la Trayectoria Literaria “José Tocavén Lavín” 2010 .



PUBLICACIONES EN ANTOLOGÍAS


Bella y Brutal Urbe, Ed. Resistencia, 2013, antólogo.

Antes de que las letras se conviertan en arañas, Ed. Instituto Mexiquense de Cultura, Agosto 2006, antólogo.

Revista Punto de Partida: Nueva narrativa michoacana, Ed. Punto de Partida, 2013. Selección y prólogo.
El canto de la salamandrea, Ed. Arlequín, 2013, Rogelio Guedea.
Lados B 2013, Ed. Nitro/Press, 2013, Mauricio Bares.
Alebrije de Palabras, Ed. BUAP, 2013, José Manuel Ortiz Soto y Fernando Sánchez Clelo.
Minibichario, Ed. Ficticia, 2012, José Manuel Ortiz Soto.
Dulces batallas que nos aninam la noche, Ed. Colectivo Paracaídas, 2011, Alejandra Quintero.
Turbulencia Dosmilonce, Ed. Ficticia, 2011. Antólogo: Alfredo Carrera.


Lenta Turbulencia, Ed. Jus, 2010. Atahualpa Espinosa, Alfredo Carrera, Luis Miguel Estrada y Édgar Omar Avilés


Los Viajeros, Ed. SM, 2010. Antólogo: Bernardo Fernández BEF


Negras intenciones, Ed. Jus, Noviembre 2009. Antólogo: Rodolfo J.M.


Letras en Guardía IV, Ed. SSP y Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, Noviembre 2009. Antólogo: Atahualpa Espinosa.


Yo no canto, Ulises, cuento, Ed. Fósforo-Conarte Nuevo León, Noviembre 2008. Antólogo: Javier Perucho


Grageas, Ed. Desde La Gente, Diciembre 2007.Antólogo: Fernando Reyes


Fantasiofrenia II, Ed. Libera, Octubre 2007. Antólogo: Fernando Reyes


Cupido Negro, Ed. Café literario, Abril 2007. Antólogo: Manuel Candás


Los Mejores Cuentos Mexicanos 2005 Ed. Joaquín Mortiz, 2005. Antólogo: José Manuel Prieto


Los Mejores Cuentos Mexicanos 2004 Ed. Joaquín Mortiz, 2004. Antólogo: Eduardo Antonio Parra


Novísimos cuentos de la República Mexicana Ed. Tierra Adentro, 2005. Antólogo: Maira Inzunza


Pragmatáfora, Ed. Sogem/Deescritura, 2004. Antólogo: Fernando Reyes

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